03 ago 2021

La nueva OTAN, en tres Cs: China, ciberataques y cambio climático

La reciente cumbre de la Alianza Atlántica ha renovado el acta fundacional del club militar, en la que China se sitúa dentro de su radar. Con la ayuda del G-7.

La reconversión estratégica de la OTAN tendrá, además, el respaldo del G-7 en su cometido de consolidar la seguridad futura de sus aliados en torno a tres pilares esenciales. Las tres C’s que van a regir los designios de la Alianza Atlántica y que focalizan, a su vez, el núcleo esencial de los riesgos a los que atenderá preferentemente durante las próximas décadas: China, ciberataques y cambio climático. La reciente cumbre de junio en Bruselas, en el cuartel general del club militar occidental, marca el final de la siesta geoestratégica de la OTAN durante el periodo entre las dos crisis económicas recientes. Así lo cree James Stavridis, almirante retirado de la Armada de EEUU y comandante en jefe de la organización durante la Administración Obama. Al inicio de la etapa de reflexión de la Alianza. En una tribuna de opinión en Bloomberg, Stavridis, recuerda que, en mayo de 2012, en Chicago, cuando llevaba las riendas de la cúpula militar de la OTAN, Rusia y su resurgimiento armamentístico -que le había llevado a invadir Georgia un par de años antes-, el conflicto de Afganistán -donde la Alianza mantenía un contingente de 150.000 soldados en su doble misión de lucha contra el terrorismo y de adiestramiento militar, diez veces más que las tropas desplegadas en los Balcanes- y el control y vigilancia de la piratería en el Cuerno Oriental de África. Casi diez años después y con la canciller alemana Angela Merkel como única dirigente aún en activo desde entonces, la hoja de ruta de la OTAN ha virado. La Administración Biden y el respaldo europeo -en especial, de la Alemania de Merkel- a su America is back ha puesto en el punto de mira de la defensa geoestratégica a las tres C’s.

Durante la cita de 2012 -recuerda Stavridis- “China ni siquiera estaba en el radar” de la OTAN, que seguía confinada en su “tradicional zona geográfica” de actuación. Con las salvedades de sus operaciones en Afganistán y la piratería. Pero Bruselas ha situado “la creciente influencia de Pekín en el orden mundial” como una amenaza que “precisa ser evaluada y atendida” por los “desafíos hacia los intereses de seguridad que representa para la Alianza”. El restablecimiento de los lazos transatlánticos -deteriorados durante la presidencia de Donald Trump- y el despertar de Europa hacia los “peligros” del gigante asiático, que amplía sus territorios en el Mar del Sur de China, su agresivo comportamiento hacia India -aliado vital de los socios occidentales en el área Indo-Pacífica- los intentos de dominar política y económicamente a sus vecinos, en especial a Taiwán, las prácticas de dumping comercial y de intervención cambiaria, los casos de robo de propiedad intelectual e industrial a empresas del escudo atlántico, su apoyo a Corea del Norte y sus ofensivas operaciones de ciberataques, justifican -explica Stavridis- la inserción de Pekín como prioridad máxima de la agenda atlántica. Al igual que su cada vez “más preocupante y frecuente condominio diplomático” con Rusia. Con coordinaciones militares y de acción exterior conjuntas en el Pacífico Norte, en Oriente Próximo y en el este del Mediterráneo. Todo ello va a propiciar, por presión de la Casa Blanca, el desplazamiento de fuerzas navales al Mar del Sur de China. Donde ya hay presencia británica -el portaviones Queen Elizabeth- y un compromiso del eje franco-alemán por reforzar las fuerzas atlánticas en la zona.  

La ciberseguridad también irrumpe en la renovada agenda de riesgos. Tras largos años de falta de concreción sobre su definición, la OTAN ha incluido esta amenaza dentro de su artículo 5 de defensa colectiva ante ataques de alguno de sus treinta aliados. Otro contraste con el mandato de Trump. Y un paso decisivo hacia su persecución, porque se trata -alerta- del “mandamiento más sagrado” de la alianza.

El tercer pilar de la reconversión ideológica y del replanteamiento táctico de la Alianza Atlántica es el cambio climático. Con todos sus socios comprometidos con esta batalla, la OTAN “elevará su seguridad y capacidad de respuesta” contra el aumento de las temperaturas del planeta. De forma colectiva e individual. Bajo rigurosos cumplimientos de sus países miembros de las metas de reducción de emisiones de CO2, la desaparición de la huella de carbono de sus materiales de la industria militar, y coordinaciones de sus políticas medioambientales. Stavridis cree que, en el terreno de la sostenibilidad, la contribución de la organización que dirige Jens Stoltenberg, su secretario general, “puede ser determinante”. No en vano -enfatiza-, la OTAN emplea más de 1 billón de dólares en sus destacamentos militares, opera con 28.000 aviones de combate y más de 800 navíos de dirección de maniobras. Además de un destacamento conjunto de 7 millones de efectivos, entre soldados en activo y en reserva.

La cumbre de Bruselas no eludió otros asuntos candentes. Desde la persistente agresión de Rusia a socios no miembros de la OTAN como Ucrania y Georgia, hasta la formulación de la retirada de los 20 años de la misión en Afganistán, que requerirá de más recursos financieros y esfuerzos diplomáticos, o el reforzamiento de la efectividad de los misiles de defensa a ambas orillas del Atlántico. Pero la recuperación del multilateralismo y de la conciliación geoestratégica que puso en liza Biden con los aliados europeos -con los que restableció lazos en otra cumbre con líderes del club comunitario durante su viaje al Viejo Continente- han consolidado las líneas esenciales de actuación frente a China. Daniel Baer asegura en Foreign Policy que el retorno al superpoder entre EEUU y Europa tuvo en el diagnóstico de Pekín su piedra de conciliación angular. No solo por la iniciativa de colgar al régimen chino el cartel de riesgo geoestratégico. Sino también desde la óptica económica. Apenas unos días después de la reunión del G-7 -donde Europa mantiene su predominio numérico con Alemania, Francia e Italia, pese a la reciente salida de la Unión de Reino Unido-, Biden incidió en otorgar mayor protagonismo multilateral al despegue económico del ciclo post-Covid, al combate contra la epidemia, la lucha contra los ciberataques, los avances regulatorios y fiscales corporativos y, muy especialmente, dirigidos al sector tecnológico y, por supuesto, hacia la emergente amenaza china: militar, económica y comercial. Dos años después de que la UE reconociera a Pekín como “rival de riesgo sistémico” para sus intereses. Pero ya sin la doble guerra arancelaria abierta por la Administración Trump. Contra China y la UE. De la que pervive la primera, pero no la segunda. Y que ahora deja en un limbo el impulso que Berlín dio bajo su presidencia comunitaria, y solo unas semanas antes de la toma de posesión de Biden, al acuerdo de inversiones con China.               

“En su desplazamiento oficial a Europa, Biden ha alineado la estrategia estadounidense con sus aliados tras sus encuentros en el G-7, la OTAN y la UE”. La pasarela transatlántica vuelve a estar operativa. En toda su dimensión y en sus múltiples disciplinas.

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