20 sep 2026
Desaceleración, tipos y petróleo
Los últimos indicadores confirman una pérdida gradual de impulso de la economía brasileña.
El PIB creció un 0,5% trimestral en el segundo trimestre, frente al 1,1% del primero. El consumo de los hogares cayó un 0,4% respecto al trimestre anterior, aunque todavía aumentó un 0,5% interanual. Los datos más recientes apuntan a que la moderación continúa: el IBC-Br, índice de actividad económica del Banco Central utilizado como aproximación mensual del PIB, retrocedió un 0,2% mensual desestacionalizado en julio, tras una caída revisada del 0,8% en junio. Al mismo tiempo, las presiones inflacionistas han comenzado a moderarse: el IPCA cayó un 0,32% mensual en agosto y la tasa interanual descendió al 4,2%, dentro de la banda de tolerancia del objetivo. Este escenario permitió al Banco Central recortar el 16 de septiembre la Selic por quinta reunión consecutiva, en 25 puntos básicos, hasta el 13,75%. No obstante, el margen para continuar relajando la política monetaria está condicionado por unas expectativas de inflación todavía elevadas: el consenso de mercado prevé un 4,9% en 2026, por encima del límite superior del objetivo, mientras persisten riesgos fiscales y externos.
El encarecimiento del petróleo de las últimas semanas amenaza, además, con introducir nuevas presiones inflacionistas y dificultar el cumplimiento de esa previsión, ya de por sí elevada. Para limitar su traslado a los precios internos, el Gobierno ha intensificado las medidas de apoyo: ha reducido temporalmente la fiscalidad sobre la gasolina y el etanol y, desde el 17 de septiembre, una subvención pública de 1 real por litro de diésel durante 30 días compensa íntegramente la subida aplicada por Petrobras. El coste de estas medidas añade presión sobre unas cuentas públicas que continúan siendo la principal vulnerabilidad de la mayor economía latinoamericana. El FMI prevé para 2026 un déficit global del gobierno general del 8,2% del PIB y una deuda bruta cercana al 98%, que seguiría aumentando en los próximos años, y recomienda aprovechar los mayores ingresos derivados del petróleo para reforzar las cuentas públicas y concentrar las ayudas en medidas temporales y focalizadas. Brasil cuenta, no obstante, con cierto colchón frente al shock energético por su condición de exportador neto de petróleo y el elevado peso de las renovables en su generación eléctrica. Aun así, la combinación de crecimiento más débil, tipos todavía muy elevados, fragilidad fiscal y nuevas presiones energéticas complica el margen de maniobra de la política económica brasileña.