21 ago 2026
El poder silencioso de la deuda
La deuda mundial ha alcanzado máximos históricos. La deuda pública global supera los 108 billones de dólares y, si se suman hogares, empresas y sector financiero, rebasa los 352 billones, tres veces el PIB mundial. Pero el dato no basta. El problema no es solo que el mundo deba más, sino que ese endeudamiento se sostiene sobre un sistema más fragmentado que hace dos décadas, marcado por la rivalidad geopolítica y por una arquitectura financiera que ya no refleja plenamente el reparto real del poder económico.
Tras la pandemia, la inflación puso fin al ciclo de financiación barata y obligó a muchos países a refinanciar la deuda acumulada a un coste mucho más alto. Ese encarecimiento no golpeó a todos por igual. Las economías avanzadas afrontaron ese nuevo escenario desde una posición mucho más favorable: se financian en su propia moneda, cuentan con bancos centrales creíbles, mercados profundos y una base inversora amplia. Eso no las hace inmunes, ya que el aumento de los intereses reduce su margen fiscal y condiciona sus decisiones futuras. Pero en muchos países emergentes la línea entre una deuda elevada y una crisis es muy estrecha: la dependencia del capital externo, el peso de la deuda en divisas, unas reservas limitadas o una menor credibilidad fiscal pueden convertir una carga elevada en sobreendeudamiento o crisis.
Es en esos casos donde la deuda muestra su verdadera naturaleza. No consiste solo en una relación contable, sino que es una relación financiera y de poder. Cuando un Estado necesita refinanciar vencimientos, reestructurar deuda o acudir a un programa de ayuda, lo decisivo no es cuánto debe, sino quién está al otro lado de la mesa: quién acepta pérdidas, impone condiciones, refinancia o bloquea una solución.
Durante décadas, las crisis soberanas se gestionaron dentro de una arquitectura diseñada en el marco de Bretton Woods y dominada por los grandes acreedores occidentales. Esa estructura sigue ahí, pero el mundo ha cambiado: los países emergentes tienen un peso creciente en la economía mundial, la financiación privada gana protagonismo y China se ha convertido en un acreedor imprescindible para muchos países en desarrollo. Su financiación suele presentarse como más pragmática y con menos condicionalidad explícita que la occidental, pero no está exenta de riesgos: la opacidad de las condiciones, el hecho de que a menudo esté vinculada al control de activos estratégicos y la capacidad del acreedor para condicionar decisiones futuras.
El ahorro como palanca de poder
El gigante asiático ha transformado su inmensa capacidad de ahorro en influencia exterior. Su ahorro nacional bruto se mantiene por encima del 40% del PIB. Ese excedente ya no es solo una magnitud doméstica: se traduce en financiación, presencia económica y proyección geopolítica. La Franja y la Ruta ha sido el marco más visible de esa expansión, materializada en el desarrollo de infraestructuras —puertos, ferrocarriles y proyectos energéticos—, telecomunicaciones y una presencia creciente en cadenas de suministro vinculadas a minerales críticos para la transición verde.
África y América Latina son el terreno donde esa influencia se vuelve más evidente. No solo porque necesitan financiación, sino porque concentran recursos naturales, minerales críticos y posiciones logísticas de alto valor. En África, China no explica por sí sola el endeudamiento del continente, pero sí se ha convertido en un acreedor bilateral decisivo. Para muchos gobiernos ha ampliado las opciones de financiación; pero en una crisis su presencia altera la negociación y puede condicionar el desenlace.
En América Latina, esa presencia despierta recelos especiales en Washington. La región forma parte del espacio de influencia histórica de Estados Unidos y, sin embargo, más de veinte países se han incorporado a la Franja y la Ruta. Panamá, con su salida de la iniciativa bajo presión estadounidense, muestra hasta qué punto inversión, deuda e infraestructuras forman parte de la rivalidad entre Washington y Pekín.
¿Puede el yuan rivalizar con el dólar?
La expansión china, sin embargo, no equivale a una sustitución de la hegemonía financiera estadounidense. China puede prestar, invertir y ganar influencia, pero Estados Unidos conserva algo mucho más difícil de replicar: domina la arquitectura por la que circula el capital global. Emite la moneda en la que se denomina la deuda, se financian los mercados, se liquidan las operaciones y se protege buena parte del ahorro mundial.
El dólar no es solo una divisa nacional. Funciona como infraestructura de poder: es moneda de reserva, unidad de cuenta, medio de pago internacional, moneda de financiación, activo refugio y referencia para los mercados. En 2024 concentraba alrededor del 65% del uso internacional de las monedas, frente a cerca del 3% del renminbi. Sustituirlo no requiere solo tener una economía grande. Exige mercados profundos y líquidos, confianza institucional, convertibilidad, ausencia de controles de capital, activos seguros suficientes y una amplia red de usuarios. Ahí China tiene límites importantes.
Los bonos del Tesoro completan esa arquitectura: ofrecen el activo seguro que bancos centrales, fondos e inversores necesitan. Ese poder también pasa por los canales del dinero. Buena parte de las grandes redes globales de pago —Visa, Mastercard, American Express, PayPal, Apple Pay o Google Pay— están bajo jurisdicción estadounidense o expuestas a la regulación norteamericana.
Rusia lo comprobó tras la invasión de Ucrania: las sanciones occidentales y la suspensión de operaciones internacionales de Visa y Mastercard aislaron al país de los circuitos financieros occidentales. Moscú mantuvo los pagos domésticos gracias al uso del sistema de pagos Mir, pero su capacidad internacional quedó limitada. La lección fue evidente: depender por completo de infraestructuras occidentales implica una vulnerabilidad estratégica.
Por eso China impulsa UnionPay y CIPS; India ha desarrollado RuPay; y otros países exploran mecanismos transfronterizos en monedas locales. No pretenden sustituir de golpe al dólar, sino ganar margen frente a una arquitectura dominada por Estados Unidos y sus aliados. Pero el dominio estadounidense es más difícil de erosionar de lo que parece. Incluso la digitalización del dinero puede reforzarlo: las stablecoins están mayoritariamente denominadas en dólares y respaldadas por activos en dólares, mientras la tokenización trasladará la disputa financiera a nuevas infraestructuras, plataformas y reglas de liquidación.
Ahí reside la gran asimetría. China ha convertido su ahorro en influencia geopolítica y ha ganado peso en la financiación del mundo emergente. Estados Unidos, sin embargo, conserva la infraestructura que organiza el sistema financiero global: el dólar, los Treasuries, los sistemas de pago, las sanciones y los canales por los que circula el capital. En un mundo que deberá financiar inteligencia artificial, defensa, transición energética, infraestructuras críticas y pensiones, la capacidad de movilizar capital será decisiva para preservar la autonomía y definir posiciones en la rivalidad geopolítica entre potencias. La deuda no es solo una carga heredada del pasado; será también una de las herramientas con las que se financie el futuro y se definan los márgenes de autonomía de los Estados. En definitiva, es un poder más silencioso que el militar, pero no por ello menos efectivo.
Mª José Chaguaceda
Economista responsable para América Latina de Cesce Riesgo País
Artículo publicado en "El Economista" el 19 agosto 2026