20 mar 2026
Recuerdos del 73: el bloqueo de Ormuz evoca la primera crisis del petróleo
En otoño de 1973, las autopistas de varios países europeos amanecieron desiertas los domingos. Alemania, Bélgica y los Países Bajos prohibieron circular en coche para ahorrar combustible, mientras que en Estados Unidos el repostaje en las gasolineras se restringió según el número de la matrícula.
El origen de estas medidas excepcionales fue el embargo de petróleo impuesto por la OPEP, tras la Guerra del Yom Kipur, un choque energético sin precedentes que alteró la economía mundial y modificó hábitos de movilidad y consumo energético durante años.
Hoy, la dependencia del petróleo no es tan extrema como hace cincuenta años: las energías renovables generan cerca de un tercio de la electricidad y la electrificación de algunos sectores, como el transporte por carretera, ya es una realidad.
Aun así, las tensiones en el suministro de crudo pueden distorsionar la economía mundial, como quedó patente en 2022, tras el estallido de la guerra en Ucrania.
El bloqueo del estrecho de Ormuz ha precipitado el escenario más temido, al paralizar el transporte de cerca de 20 millones de barriles (mill.b/d), equivalente a una quinta parte de la demanda mundial.
La interrupción de la navegación supone un revés durísimo para Kuwait e Irak, dos países que carecen de alternativas para redirigir sus exportaciones de crudo (cerca de 6 mill.b/d en su conjunto). Con los depósitos de crudo casi llenos, ambos se han visto obligados a recortar la producción.
Las adversidades son algo menos dramáticas para Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. El oleoducto Este-Oeste, construido en la década de los 80, supone un valioso balón de oxígeno para el Reino del Desierto. Con una capacidad superior a los 5 mill.b/d, Riad puede redirigir hacia el mar Rojo más de la mitad de sus exportaciones, mientras que el oleoducto Habshan-Fujairah permite a Emiratos Árabes Unidos exportar hasta 2 mill.b/d sin atravesar el estrecho.
Fuera de Oriente Medio, la industria del fracking estadounidense, caracterizada por su agilidad para ajustar la producción según las señales del mercado, podría incrementar el volumen extraído en varios cientos de miles de barriles al día; sin embargo, no sería algo inmediato, sino gradual a lo largo de los próximos meses. Por su parte, la flexibilización de las sanciones a la industria petrolera rusa podría inyectar al mercado hasta 1 mill.b/d adicionales.
Considerando estos posibles aportes, el mercado seguiría enfrentándose a un déficit superior a 12 mill.b/d; un desajuste más severo que el registrado tanto en la Primera Crisis del Petróleo (1973), como en la Segunda Crisis del Petróleo (1979).
En este contexto las reservas estratégicas de petróleo han cobrado un especial protagonismo; sin embargo, su capacidad para amortiguar las distorsiones es limitada. Aunque rozan los 1.200 millones de barriles, países como Estados Unidos deben mantener un nivel mínimo en sus cavernas salinas para preservar su integridad geológica. Como consecuencia, en la práctica, estas existencias apenas garantizarían el déficit por unos tres meses.
Dado el estrecho margen de maniobra, la duración del conflicto resulta especialmente determinante. En el caso de un alto el fuego inminente, el mercado podría converger hacia la normalidad en un espacio corto de tiempo; pero si el bloqueo se alarga, la economía mundial se adentrará en una fase de "destrucción de demanda". Esta puede ser forzosa, vía restricciones gubernamentales, o inducida, dado que subidas desorbitadas del precio del petróleo acabarían provocando ajustes en la actividad industrial y cambios en el hábito de los consumidores.
A esto se suma otro interrogante: ¿en qué estado quedarán las infraestructuras de petróleo cuando el conflicto cese? Más allá del bloqueo marítimo, el grado de daño físico sobre las instalaciones energéticas condicionará, en buena medida, la capacidad de la industria para recuperar la actividad una vez que concluyan los enfrentamientos.
En el marco de la estrategia de máxima inestabilidad emprendida por Irán, los activos energéticos se han convertido en un objetivo prioritario: desde la refinería Al-Ma'ameer en Baréin y el complejo de Ras Tanura en Arabia Saudí, hasta las terminales de almacenamiento en el puerto omaní de Salalah. Si bien los daños registrados hasta la fecha han sido contenidos, una afectación severa —especialmente sobre las terminales de exportación y oleoductos— dejaría cicatrices estructurales. En ese escenario, los precios del petróleo podrían persistir en valores inusualmente altos, independientemente de la evolución del conflicto.
Anticipar cómo evolucionara la situación es extremadamente complejo, especialmente en una región donde los acontecimientos rara vez siguen el guion previsto. Mientras el estrecho de Ormuz permanezca bloqueado, el mercado energético seguirá navegando por aguas inciertas.
Y, como tantas veces nos recuerda la historia, sabemos cuándo empiezan las guerras, pero no cuándo -ni en qué condiciones- terminan.
Pablo Arjona
Analista Senior de Riesgo País para Norte de África y Oriente Medio