11 ene 2026
¿Qué podemos esperar?
En el mercado petrolero, a pesar de la calma inicial en los mercados y de los anuncios de Washington, existe un profundo escepticismo acerca de la posibilidad real de aumentar la producción de crudo venezolano a corto plazo.
Para finales de 2026, el consenso del sector sitúa el máximo realista en apenas 1,2 millones de barriles diarios, una cifra que queda muy lejos de los niveles históricos y que se topa con un "techo físico" inmediato debido al colapso de la infraestructura básica. Ante obstáculos estructurales como la crisis eléctrica, la escasez de diluyentes y la pérdida de personal calificado, cualquier reactivación productiva será necesariamente lenta y marginal, lo que convierte el retorno de Venezuela como actor relevante en el mercado global en un escenario improbable a medio plazo.
En cuanto a la estabilidad interna, el riesgo inminente para Venezuela no es un vacío de poder, sino la desarticulación gradual de los equilibrios que aún sostienen al Estado. Si bien la continuidad bajo Delcy Rodríguez y el control militar han evitado un colapso abrupto, no resuelven problemas como la economía devastada o el agotamiento social. Sin una hoja de ruta clara para la transición, el país corre el riesgo de quedar atrapado en un limbo prolongado, donde la expectativa de recuperación conviviría con una alta probabilidad de conflictividad y fragmentación interna.
Desde el punto de vista del equilibrio regional, la intervención en Venezuela consolida el retorno del protagonismo coercitivo de Estados Unidos, rompe el eje Cuba-Venezuela-Nicaragua y deja a La Habana en una situación de extrema vulnerabilidad energética. América Latina parece convertida en un tablero central de la competencia estratégica entre Washington, Pekín y Moscú, donde las tensiones geopolíticas globales condicionarán directamente los márgenes de maniobra política y económica de los gobiernos de la región.
Finalmente, para el sistema internacional en su conjunto, todo este episodio proyecta un mensaje de erosión del orden multilateral, priorizando la lógica de la fuerza sobre la soberanía estatal y la diplomacia tradicional. La disposición de Estados Unidos a utilizar el poder militar directo para alterar los equilibrios políticos en su esfera de influencia sienta un precedente que, a largo plazo, introduce un factor de inestabilidad adicional en un sistema internacional cada vez más fragmentado y competitivo por el control de los recursos estratégicos.