16 may 2026

El Dilema de la Unión ante el Desafío del Dragón

En la historia ha sucedido con frecuencia que se tarda tiempo en comprender que aquello que llamábamos progreso no era sino una forma lenta y elegante de desaparecer. Durante casi treinta años, Europa se entregó a un dogma que tenía algo de místico: el librecambio. Bajo ese dictado, hemos vivido convencidos de que la eficiencia era el valor supremo, una suerte de deidad ante la cual debíamos ver migrar parte de nuestras industrias, nuestras manufacturas y, en última instancia, la estabilidad de nuestras clases medias.

Decíamos, con una convicción que hoy resulta casi osada, que la deslocalización era un paso necesario para la integración internacional de las cadenas de valor y la supervivencia de nuestra economía y nuestras empresas. Mientras tanto, China observaba nuestro creciente desconcierto con la paciencia y el silencio de quien ve crecer su rebaño.

Hoy, cuando recorremos el vacío que se respira en antiguos polígonos industriales de nuestro continente, uno no puede evitar recordar aquel vaticinio que Dani Rodrik lanzó en el año 2000. Con una lucidez que entonces pareció a muchos una excentricidad, advirtió que la globalización terminaría por chocar, tarde o temprano, con los contratos sociales que las democracias habían elegido para sí mismas. No se puede pretender que la empresa europea, que paga sus impuestos y habita en un sistema plagado de reglas, compita en igualdad de condiciones con un sistema que no solo ignora esas reglas, sino que utiliza el apoyo estatal indiscriminado y la devaluación silenciosa del yuan como armas de guerra comercial. Lo que hemos hecho, en realidad, ha sido importar desigualdad y exportar soberanía.

El resultado de este descuido es lo que Branko Milanovic ilustró con su famosa "curva del elefante": mientras las clases medias asiáticas crecían exponencialmente, la clase trabajadora industrial de Occidente veía cómo sus ingresos se estancaban y su futuro se volvía opaco. Y es en ese estancamiento donde germina el resentimiento político. No deberíamos sorprendernos del auge de los populismos ni de la polarización que fractura nuestras sociedades. Como han señalado Stiglitz o Piketty, cuando las reglas del juego están trucadas y las corporaciones practican un "arbitraje de sistemas" para buscar el marco regulatorio más laxo, el contrato social se rompe. Y cuando el contrato social se rompe, el ciudadano deja de creer en las instituciones que, supuestamente, debían protegerlo. El populismo no es la causa de nuestro mal, sino el síntoma de nuestra negligencia; es la respuesta desesperada de quien se siente abandonado en el altar de la globalización sin reglas compartidas.

A este panorama se ha sumado, con una sincronía inquietante, la disrupción digital. Nos prometieron que la tecnología nos haría libres, pero autores como Zuboff o Harari nos advierten de que hemos creado una arquitectura de la información que prioriza la ira y el sesgo. La desigualdad económica se ha transformado en una brecha ontológica. Ya no solo luchamos por el empleo, sino por la realidad misma, encerrados en cámaras de eco mientras los algoritmos hackean nuestras decisiones. Y todo ello enfrascados en una carrera tecnológica por ver quién llegará primero a dominar al contrario y con ello dominar el mundo, sin reparar que por el camino nos estamos olvidando de gobernar y asegurar que todo debe ser para mejorar el bienestar de la sociedad global y no solo el de unos pocos.

En este caldo de cultivo, el proteccionismo ha dejado de ser una mala palabra para convertirse en el dogma del populismo y en una práctica utilizada, de forma más o menos soterrada, por las potencias. Europa se encuentra hoy atrapada en su propia maraña regulatoria y entre dos fuegos que amenazan con reducirla a la irrelevancia. Por un lado, su principal aliado ha abandonado su papel de "hegemón benevolente" para abrazar un nacionalismo mercantilista y coercitivo. El llamado "día de la Liberación" de 2025 no fue más que la confirmación de que Washington ya no distingue entre aliados y rivales cuando se trata de su propia industria.

Por otro lado, China redobla su apuesta por una capacidad comercial avasalladora. Ante su crisis inmobiliaria y su "invierno demográfico", Pekín ha decidido inundar el mundo con sus "Fuerzas Productivas de Nueva Calidad", exportando su deflación y su sobrecapacidad. Resulta imperativo analizar este fenómeno con rigor: el perfil de valor añadido de las exportaciones chinas cada vez se parece más al europeo y, muy concretamente, al alemán. China ha escalado con éxito en la cadena de valor, lo que contribuye a explicar el creciente y alarmante desequilibrio comercial que la Unión mantiene con el gigante asiático.

Ante este dilema del dragón y el águila, la Unión Europea parece todavía prisionera de una ética de la convicción que la paraliza. Mientras los demás mueven ficha, con una asertividad  casi brutal, Bruselas se debate entre su fe en la multilateralidad y la necesidad de protegerse. Es aquí donde los informes de Enrico Letta y Mario Draghi se vuelven imprescindibles. Ambos coinciden en un diagnóstico que es, en realidad, un ultimátum: el modelo social europeo es nuestro ADN, pero es insostenible si no recuperamos la productividad y la capacidad de disuasión. Letta nos recuerda que la competitividad no puede basarse en la erosión de derechos, y que el acceso al mercado europeo no debe ser gratuito para quienes socavan nuestros estándares. Draghi, por su parte, aboga por un pragmatismo audaz: necesitamos inversiones masivas para mantener el pulso competitivo. Pero esa inversión necesita un escudo. No se trata de un proteccionismo ciego, sino de una protección selectiva y transitoria que nos permita ganar, al menos, tiempo frente a competidores que no juegan limpio.

Debemos ser realistas en nuestra defensa comercial. Europa puede tratar de buscar alianzas en otros mercados, pero esos destinos tienen hoy una importancia marginal para nuestras exportaciones. El verdadero pulmón de nuestra producción es el mercado interior. Esta constatación refuerza la idea de que es nuestro propio mercado el que debe protegerse frente a una producción china cuya competitividad es, en gran medida, artificial. Al mismo tiempo, la UE tiene la posibilidad de crecer potenciando la demanda interna mediante políticas fiscales acertadas. El plan fiscal  del Merz y el incremento del gasto en defensa se presentan como una esperanza para dinamizar el mercado comunitario, pero este camino está sembrado de obstáculos que exigen prudencia.

En primer lugar, aunque el esfuerzo fiscal alemán es significativo, se echa en falta un plan fiscal coordinado a nivel de la Unión y fórmulas de financiación solidaria que eviten nuevas asimetrías. En segundo lugar, de poco sirve incrementar la demanda si esta termina dirigiéndose a la compra de productos chinos, alimentando precisamente aquello que intentamos equilibrar. Tercero, debemos recordar que cualquier plan fiscal requiere tiempos de implementación muy prolongados, como ha demostrado la compleja ejecución del programa Next Generation. Y, por último, hay que considerar que gran parte del gasto militar actual todavía se concreta en importaciones de material de terceros mercados como EE.UU., Israel o Turquía. La Unión es aún profundamente dependiente de proveedores ajenos, tanto en tecnología de defensa como en insumos industriales críticos. Esta vulnerabilidad nos expone, además, a las inevitables contramedidas que China aplicará, tal como ha hecho con EE. UU., en respuesta a nuestras restricciones comerciales, si no son fruto de una conversación honesta y equilibrada.

Llegados a este punto, la propuesta de Rodrik sobre la "coexistencia económica pacífica" se perfila como la única vía sensata. Debemos tener el valor de decir a nuestros socios que aceptamos su ascenso, pero no a costa de nuestro contrato social. Es la doctrina del "patio pequeño y la valla alta": identificar los sectores estratégicos que sostienen nuestra forma de vida y protegerlos sin complejos. La autonomía estratégica no es un capricho nacionalista; es la condición necesaria para que Europa siga siendo un lugar donde el bienestar no sea un lujo, sino un derecho.

Para ello, la UE debe desplegar su capacidad de respuesta externa. Como sugiere Tobias Gehrke desde el ECFR, debemos aprender a utilizar nuestras "cartas de poder" —liderazgo en maquinaria de precisión y tecnología aeroespacial— para invitar a los otros a negociar de manera justa, escalando si es necesario para alcanzar un acuerdo. Y, paralelamente, debemos fortalecer nuestra estructura interna. Las recomendaciones de Bruegel son claras: necesitamos una integración real en defensa y energía para reducir costes y una soberanía financiera —con el Euro Digital a la cabeza— que nos libere de la dependencia de infraestructuras ajenas.

Nos hallamos ante un cambio de paradigma en el que la transformación aún no ha concluido. El librecambio irrestricto ya no es una opción, pero el proteccionismo indiscriminado tampoco es la solución definitiva. El camino es el equilibrio estratégico. Debemos perseguir el intercambio libre con quienes comparten nuestros valores y principios, y defendernos con firmeza de quienes utilizan el comercio como arma de sumisión.

Habrá quien diga que esto supone sacrificar el excedente del consumidor, que tendremos que pagar más por ciertos productos. Y es posible que sea cierto. Pero quizá ese sea el precio de mantener la dignidad de nuestros empleos y la estabilidad de nuestras democracias. Si no consolidamos nuestros activos económicos en una mano unida y creíble, terminaremos fragmentados por las presiones de las superpotencias, convertidos en una suerte de museo de lo que una vez fue una civilización próspera. La soberanía industrial y política de Europa está en juego, y la autonomía estratégica es el único escudo que garantiza que nuestro futuro sea decidido por nosotros mismos y no por los algoritmos de Pekín o los aranceles de Washington. Al final, se trata de decidir si queremos seguir teniendo una casa propia o si nos conformamos con ser inquilinos precarios en un mundo que ya no habla nuestro idioma

 

Ricardo Santamaría
Director Riesgo País y Gestión de Deuda
Artículo publicado en la revista "El Confidencial" el 16 mayo 2026


 

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