20 feb 2026
Una nueva autopista comercial cruza el globo
La firma, el pasado 27 de enero, del Acuerdo de Libre Comercio (ALC) entre la Unión Europea y la India no debe leerse meramente como un acuerdo trascendente para los intereses comerciales de la UE. En el complejo tablero geopolítico que transitamos, en el que la fragmentación comercial cobra un temible protagonismo, este pacto emerge como un manifiesto en favor del libre comercio amparado por reglas justas.
Es una clara alternativa al proteccionismo estratégico gobernado por una política de recelo nada cooperativa. Pero, además, asistimos a un acercamiento claro de la que en breve será la tercera potencia mundial a la UE, circunstancia que nos hace más fuertes en un momento crucial de la historia.
El fin de la ambivalencia estratégica
Durante casi dos décadas, las relaciones comerciales entre Bruselas y Nueva Delhi navegaron en un mar plagado de interferencias, suspicacias y proteccionismo. La India, tímidamente celosa de su soberanía económica y de la protección de su vasto mercado interno, y la Unión Europea, inmersa en un laberinto de estándares regulatorios y exigencias de sostenibilidad, parecían condenadas a un entendimiento cordial pero estéril. Sin embargo, la búsqueda imperativa por parte de India de un de-risking de una China que parece que todo lo engulle y su aspiración a consolidarse como potencia libre de vasallajes ha deslizado una convergencia histórica.
El acuerdo traspira, en esencia, un contrato de confianza mutua y abre un marco esperanzador para desarrollar una cooperación económica beneficiosa para ambos. Para la India, representa el reconocimiento por parte de Europa de la potencia que es, abierta a la atracción de capitales y generación de nuevas capacidades. El acuerdo permite a India transitar con mayor seguridad por el estrecho desfiladero que tejen EE. UU. y China. Para Europa, representa la llave maestra para acceder a un mercado de 1.450 millones de personas, la oportunidad de integrar sus cadenas de valor en el vibrante ecosistema productivo del subcontinente y, lo que es más crítico, la adhesión de un socio fundamental a su arquitectura y visión de las relaciones económicas internacionales.
El desmantelamiento de las fronteras invisibles
Lo sustancial del acuerdo reside en su profundidad. El compromiso de eliminar o reducir aranceles sobre el 96,6% de las exportaciones de la UE no tiene precedentes en la historia comercial de la India. Sectores que hasta ayer eran fortalezas inexpugnables, como la automoción, verán caer sus gravámenes del 110% a niveles preferenciales del 10%. Este movimiento no solo beneficia a la industria europea, sino que incentiva una transferencia tecnológica que reforzará también los objetivos de largo plazo del sector manufacturero indio.
En el ámbito agroalimentario, el pacto exhibe una sofisticación técnica notable. Bruselas ha logrado blindar sus "líneas rojas" en sectores sensibles como el vacuno, el azúcar o el arroz, evitando distorsiones en la Política Agraria Común, mientras ha conseguido una apertura sin parangón para sus productos, con la excepción de lácteos y cereales. El aceite de oliva, los vinos y las bebidas espirituosas europeas, emblemas de nuestra identidad exportadora, encuentran ahora un camino libre de obstáculos en una clase media india que demanda, con creciente sofisticación, calidad y trazabilidad.
De la manufactura a la seguridad jurídica
Sin embargo, el verdadero "salto de fe" de este acuerdo se encuentra en el capítulo de servicios y contratación pública. La India ha accedido a abrir sectores tradicionalmente opacos, como el financiero, el marítimo y las telecomunicaciones, otorgando a las empresas europeas un marco de seguridad jurídica. La capacidad de las firmas de la UE para licitar en contratos del gobierno central indio en condiciones de igualdad es un hito que redefine el concepto de "campo de juego equilibrado".
Este avance es inseparable de la protección de la propiedad intelectual. En un siglo XXI donde la riqueza reside en el dato y el algoritmo, el refuerzo de las patentes y secretos comerciales pactado en este ALC es la garantía que el sector tecnológico europeo necesitaba para invertir masivamente en los hubs de innovación de Bangalore o Hyderabad. Europa ya no solo ve a la India como el back office, sino como su socio en la frontera tecnológica.
El estándar europeo como valor global
Uno de los puntos más debatidos, y finalmente logrados, ha sido la inclusión de cláusulas vinculantes sobre los estándares de la OIT y el Acuerdo de París. Europa no ha renunciado a su vocación de multilateralidad. Al contrario, ha conseguido que la sostenibilidad deje de ser percibida en Delhi como un arancel encubierto para convertirse en un objetivo compartido de competitividad. El fondo de 500 millones de euros para la transición energética india que acompaña al tratado es la prueba de que este acuerdo no busca la explotación asimétrica, sino una co-evolución basada en estándares comunes.
Una alternativa necesaria
No podemos ignorar el contexto de seguridad estratégica que subyace a la firma. El acuerdo UE-India es el pilar sobre el que se construye la autonomía estratégica abierta de la Unión. En un momento de máxima tensión en el Indo-Pacífico y de reconfiguración de las alianzas atlánticas, la consolidación de este eje ofrece una estabilidad necesaria para las inversiones a largo plazo. No se trata de un pacto reactivo, sino de la creación de un orden basado en reglas, donde la interdependencia no sea una vulnerabilidad, sino una fortaleza elegida.
La India, bajo el ambicioso lema del "Make in India", aspira a ser la fábrica inteligente del globo. Europa, con su capital, su tecnología y su andamiaje institucional, es el socio natural para este viaje. La convergencia de ambos intereses proyecta una sombra de estabilidad sobre una economía mundial que, hasta hace poco, parecía huérfana de referentes de cooperación.
Un horizonte de oportunidades
Las cifras finales son elocuentes: un ahorro directo de 4.000 millones de euros anuales en aranceles y la creación de un mercado compartido que representa el 25% del PIB mundial. Pero más allá de la aritmética comercial, la importancia de este acuerdo reside en el mensaje político que envía: el comercio, cuando se basa en la reciprocidad y el respeto mutuo, sigue siendo la herramienta más poderosa para el progreso global.
El desafío ahora reside en la implementación. Los gobiernos y el sector privado deben estar a la altura de la ambición mostrada por los negociadores. El camino hacia 2030 pasa inevitablemente por este nuevo meridiano. Bruselas y Nueva Delhi han trazado la autopista; ahora toca recorrerla con la determinación de quienes saben que el futuro se debe escribir, como recientemente ha señalado Rosa Montero, con plumas y no con espadas.
Ricardo Santamaría
Director Riesgo País y Gestión de Deuda