25 abr 2026

El Profeta Xi Jinping y el callejón sin salida de la política económica china

La política económica de Xi Jinping está envuelta en una gran paradoja que consiste en que, siendo capaz de realizar un análisis certero y exhaustivo de los males de China, insiste en aplicar un tratamiento contraproducente.

Como señala Yanmei Xie en un excelente artículo en The Wire, el presidente chino ha demostrado, incluso, poseer habilidades proféticas en cuanto a su análisis de la economía. En un discurso pronunciado hace cinco años ante el Comité Central del PCCh, el presidente chino identificó con precisión los "bloqueos" que hoy asfixian su economía: el exceso de capacidad industrial y la debilidad del consumo. Xi Lanzaba además un funesto augurio:

 

"Si la circulación económica se ve obstaculizada y los bloqueos persisten, se producirán inevitablemente una serie de problemas: el crecimiento económico se ralentizará, el desempleo aumentará, la capacidad industrial quedará ociosa, los márgenes de beneficio de las empresas se reducirán y los ingresos de los hogares caerán."

 

A pesar de que esta visionaria advertencia, la respuesta de las autoridades está siendo la de redoblar la apuesta por la producción. Esta lógica recuerda a la Ley de Say, la cual sostiene que el acto de producir genera, por sí mismo, los ingresos necesarios para que esos productos se compren. Bajo este enfoque, el Estado chino dirige el capital hacia sectores que considera estratégicos y de alta tecnología, como la industria aeroespacial o la inteligencia artificial. Confían en que este impulso tecnológico elevará la cualificación de los trabajadores y sus salarios, equilibrando la balanza de forma natural. No obstante, conviene recordar la crítica de John Maynard Keynes a Say que podría explicar por qué este mecanismo no está funcionando como Pekín espera. Keynes observó que la economía no es un circuito cerrado perfecto. En determinadas circunstancias la demanda corre el riesgo de no alcanzar a la oferta, especialmente como en el caso chino, cuando esta no crece de forma “natural”.

 

El ahorro en China no fluye automáticamente hacia el consumo o la inversión productiva. Cuando las familias enfrentan incertidumbre sobre el valor de sus viviendas o la estabilidad de sus empleos, tienden a guardar su dinero por precaución. Keynes demostró que, si el deseo de ahorrar supera la voluntad de invertir de las empresas, la economía se estanca. Por mucho que el gobierno chino promueva "nuevas fuerzas productivas", si la población no se siente lo suficientemente segura financieramente para consumir, esos productos terminan acumulándose en almacenes o, para terror de la industria europea, deben exportarse a mercados internacionales ya saturados. Se traslada así el problema al exterior, generando un gigantesco superávit comercial en plena guerra arancelaria y agravando la tensión con sus socios comerciales.

 

Las autoridades son plenamente conscientes de esta economía en forma de K que están generando. Por un lado, están los sectores tecnológicos punteros que crecen a dos dígitos pero que tienen un impacto, de momento, limitado, y, por otro, unas cifras de ventas minoristas estancadas en cifras de crecimiento de apenas el 1-2%.

 

¿Por qué existe entonces esta resistencia obstinada a estimular la demanda interna a través del consumo? ¿Por qué, en cambio, se prioriza una agresiva política industrial y cambiaria que exacerba la sobreproducción?

 

La respuesta es doble: obedece a la propia idiosincrasia china pero también a la situación geoestratégica actual, marcada por el enfrentamiento con EEUU. Es decir, por muy evidente que sea para los tecnócratas chinos que el curso de acción debe ser otro, al politburó cambiar el rumbo le resulta antinatural y políticamente inasumible.

 

En efecto, la resistencia de Pekín a fomentar el consumo hunde sus raíces en una visión de las élites basada en la ética confuciana, donde los dirigentes ven el ahorro y el esfuerzo como virtudes morales del Estado, mientras observan el estímulo al consumo con sospecha ideológica. Existe una vieja máxima china, "comer amargura" (chi ku), que exalta la capacidad de sacrificio y de soportar dificultades hoy para asegurar el mañana. En la tradición cultural, el despilfarro es visto como un camino hacia la decadencia; de hecho, circula a menudo la anécdota sobre el rechazo de los líderes chinos a las políticas de bienestar al estilo occidental, a las que despectivamente denominan "asistencialismo que cría perezosos". Desde esta óptica, la creación de una mayor red asistencial o, no digamos un Estado del Bienestar se perciben por parte del PCCh como un gasto improductivo que debilita el carácter nacional, prefiriendo en su lugar la inversión en infraestructura y fábricas, que se consideran monumentos tangibles al progreso y la disciplina.

 

Más allá de este trasfondo cultural, la razón de peso es nítidamente geoestratégica. Para el gobierno chino y las élites del Partido Comunista depender del consumo interno significa ceder el control del crecimiento a las decisiones impredecibles de millones de ciudadanos; en cambio, controlar la producción permite al Estado dirigir el destino del país. Ante la posibilidad real de un bloqueo comercial o sanciones severas por parte de Estados Unidos y Occidente, Xi Jinping prefiere una China que sea una fortaleza industrial autosuficiente. El objetivo último es que la nación tenga el control total de la cadena de valor tecnológica y ello permita al Estado y la PCCh garantizar la seguridad y estabilidad del sistema frente a cualquier eventualidad o shock externo.

 

Lo que Xi parece ignorar es que esta deriva hacia un control estatal más rígido y una producción defensiva está estrangulando lentamente el modelo de crecimiento y el legado de Deng Xiaoping, el arquitecto de las reformas que en los años 80 colocó el país en la senda del milagro económico. Deng comprendió que la legitimidad del Partido Comunista no podía sostenerse eternamente sobre la ideología o la fuerza, sino sobre un contrato social implícito: la estabilidad política a cambio de prosperidad tangible para el ciudadano. Su famosa máxima, "enriquecerse es glorioso", no era solo un eslogan económico, sino la visión crucial de que un sistema que no mejora la vida cotidiana de su gente está condenado a la fragilidad. Al priorizar hoy la soberanía tecnológica y el control geopolítico sobre el bienestar del consumidor, Xi está alterando ese equilibrio fundamental. En su obstinación por la autosuficiencia productiva corre el riesgo de gripar el motor que ha mantenido el contrato social durante décadas: la esperanza de los ciudadanos en un futuro cada vez más próspero.

 

 

Rafael Loring
Analista Senior de Riesgo País para Asia-Pacífico

 

Compártelo:

Te podría interesar