01 dic 2025

La singularidad del Nilo

Pocas veces la geopolítica había tenido una influencia tan relevante en la actividad económica. Las fricciones diplomáticas han distorsionado, directa o indirectamente, las cadenas de valor, los intercambios comerciales e, incluso, el comportamiento de los mercados financieros.

En un mundo cada vez más fragmentado, Egipto se ha convertido en una anomalía. Al mismo tiempo que numerosos países han adoptado políticas cada vez más asertivas y coercitivas, El Cairo ha demostrado que el pragmatismo diplomático no solo tiene todavía espacio, sino que, además, puede ser la alternativa más conveniente. En medio del caos, la contención muchas veces es la estrategia más efectiva.

Mientras que potencias como Arabia Saudí e Irán han interpretado cada conflicto en Oriente Medio como una oportunidad para proyectar su influencia en el exterior, Egipto ha optado, por el contrario, por mantenerse al margen de la inestabilidad. La participación en el conflicto de Libia, en apoyo del gobierno de Tobruk, es una de las escasas excepciones en la política de no intervención.

Esta contención ha evitado que las decisiones en política exterior alteren la actividad productiva, un riesgo que se ha materializado en otros países. Los ataques efectuados por los hutíes a las infraestructuras petroleras de Arabia Saudí en 2019 pusieron de manifiesto hasta qué punto la diplomacia y la economía son dos caras de la misma moneda. Con un PIB per cápita muy inferior al de las monarquías del Golfo, y una economía especialmente vulnerable al sentimiento del mercado, Egipto ha priorizado minimizar las amenazas de origen geopolítico.

Asimismo, ha maniobrado para mantener una posición equidistante en la tradicional enemistad entre Estados Unidos y Rusia. El país norteafricano es un aliado fundamental de Washington en la región y, por eso mismo, es uno de los principales receptores de equipamiento militar. Al mismo tiempo, El Cairo mantiene una estrecha relación con Moscú desde la época de la Unión Soviética. Esta particularidad se evidencia en la composición de su fuerza área, formada, en gran parte, por aviones de combate rusos (Mig-29) y estadounidenses (F-16).

La capacidad de Egipto para sostener este difícil equilibrio se explica, en buena medida, en su importancia geoestratégica. Es, con diferencia, el país más poblado del mundo árabe; cuenta con el mayor ejército de África, y controla el Canal de Suez, una vía marítima crucial para el comercio internacional.

Estos atributos hacen, además, que la estabilidad de Egipto sea fundamental para la comunidad internacional. Un hipotético colapso no solo paralizaría el Canal de Suez, sino que desataría una crisis migratoria sin precedentes hacia el resto de países de la región y crearía un vacío de poder propicio para la proliferación de grupos yihadistas. Por estas razones muchos sugieren, en una analogía con el mundo de los negocios, que Egipto es sencillamente “demasiado grande para caer”.

La importancia geopolítica de la antigua nación de los faraones se ha evidenciado nuevamente en los últimos dos años. Los fondos otorgados por la Unión Europea y las monarquías petroleras del Golfo, especialmente Emiratos Árabes Unidos, han sido fundamentales para enderezar las severas distorsiones macroeconómicas que adolecía el país norte africano.

Sin embargo, el pragmatismo diplomático no implica que sea inmune a shocks externos. Egipto es, con diferencia, uno de los países más expuestos a la guerra entre Israel y Hamás, al tratarse de la única nación fronteriza con Gaza, aparte del estado hebreo. Durante el conflicto, El Cairo ha evitado la confrontación con Tel Aviv. En su lugar, se ha centrado en suministrar ayuda humanitaria a la población palestina y en mediar entre las partes para alcanzar un alto el fuego. 

La ruptura de las relaciones con Israel no es una alternativa desde la perspectiva de El Cairo. Egipto fue el primer país árabe en firmar la paz con el Estado hebreo en los acuerdos de Camp David, en 1978, bajo los auspicios del ex presidente estadounidense Jimmy Carter. Las dos naciones colaboran estrechamente en términos militares y de inteligencia para hacer frente a la amenaza yihadista en la península del Sinaí. Esta colaboración se extiende también al terreno económico, especialmente al ámbito energético, ya que Israel actualmente suministra el 10% de la demanda de gas natural de Egipto.

Ahora bien, el conflicto en Gaza constituye una amenaza para la estabilidad económica del país. La guerra ha originado numerosas derivadas en Oriente Medio que parecían impensables. Una de ellas es el desplome del tráfico marítimo por el mar Rojo, debido a los ataques efectuados por los hutíes. Como resultado, los ingresos procedentes del Canal de Suez –una de las principales fuentes de divisas de Egipto- se han desplomado en los dos últimos años.

A esto se suma el temor de las autoridades de que, en un caso extremo, el conflicto pueda acabar provocando el desplazamiento forzoso de los gazatíes. La acogida de miles de palestinos podría favorecer la filtración de miembros de Hamás, algo que aumentaría considerablemente el riesgo de un recrudecimiento de la actividad yihadista en la región del Sinaí. En ese caso el gobierno egipcio se enfrentaría, además, a la posibilidad de que la milicia palestina llevase a cabo ataques contra Israel desde su territorio, un riesgo que podría tensionar las relaciones con Tel Aviv.

Este escenario es menos probable a día de hoy. El alto el fuego alcanzado en octubre ha abierto una ventana de esperanza.  Sin embargo, una vez completada la primera fase del acuerdo, las incertidumbres superan a las certezas. Algunos de los puntos incluidos en el plan respaldado el pasado mes de noviembre por el Consejo de Seguridad de la ONU no van a ser fácil de materializarse. Por ello, no es evidente anticipar cómo evolucionará la tregua en los próximos meses; podría ocurrir que el proceso se estanque durante un largo periodo en la fase actual.

En cualquier caso, en medio de esta incertidumbre, El Cairo seguirá apostando en lo posible por el pragmatismo como la herramienta más eficiente para defender sus intereses en el exterior, y proteger, simultáneamente, a su economía de potenciales shocks. Esta estrategia, cada vez más excepcional en un mundo enfrentado, se ha convertido en un atributo que refuerza la importancia geopolítica de Egipto, tanto para Occidente, como para la región de Oriente Medio.

 

Pablo Arjona
Analista Senior de Riesgo País para Norte de África y Oriente Medio

 

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