28 nov 2025
La nueva India: autonomía estratégica en la cuerda floja de un mundo multipolar
"Europa tiene que salir de la mentalidad de que los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa."
La voz del ministro de Exteriores indio, S. Jaishankar, golpeó con una franqueza inusual en las cancillerías occidentales. Esta contundente declaración, pronunciada en el contexto de la invasión rusa de Ucrania, refleja las aristas de la nueva política exterior de la India basada en una firme defensa de la autonomía estratégica. Además, revela el anhelo oculto de convertirse en nueva potencia mundial.
La India está a solo unos años de convertirse en la tercera economía mundial y con el primer ministro Narendra Modi asegurando un tercer mandato hasta 2029, se proyecta como una potencia global independiente a tener en cuenta. Sin embargo, está aún muy lejos, tanto en peso económico como en poder militar, de las dos súper potencias mundiales, EE.UU. y China, que marcan el compás geopolítico. El pulso entre Washington y Pekín, el conflicto perenne con Pakistán y la lealtad histórica a Moscú están forzando a la India a navegar un peligroso equilibrio diplomático que conlleva beneficios, pero también elevados costes, como muestra el reciente deterioro de las relaciones con Estados Unidos.
Aunque Estados Unidos y Occidente son, por naturaleza, sus principales aliados económicos y socios en la contención de China, Nueva Delhi se niega a someterse a una lógica de bloques. La “autonomía estratégica en un mundo multipolar” es la doctrina que ha permitido a la India, al menos hasta ahora, el lujo de estrechar lazos con Washington (Quad Group) para contrarrestar la creciente influencia de China en Asia, al tiempo que mantiene relaciones fluidas y ventajosas con regímenes como Irán o, crucialmente, Rusia.
Moscú: el amigo incómodo para EE.UU.
La guerra en Ucrania se convirtió en la prueba de fuego de esta doctrina. La "mayor democracia del mundo" sorprendió a muchas cancillerías occidentales al no votar a favor de la condena de la invasión rusa en la ONU en marzo de 2022. El gesto no fue una mera abstención pasiva, sino una afirmación de la prioridad de sus intereses nacionales. La India no solo se ha negado a culpar públicamente a Moscú por la "crisis de Ucrania", sino que ha disparado de forma espectacular sus importaciones de hidrocarburos rusos a precios muy favorables. La India pasó de importar menos del 2% de su crudo de Rusia a absorber en su punto máximo cerca de 1,8 millones de barriles diarios, lo que representa casi el 40% de sus importaciones totales.
La postura hacia Moscú no es un capricho reciente, sino la continuación de una relación que se remonta a la Guerra Fría, cuando la India buscó en la Unión Soviética un contrapeso a China y Pakistán, viendo el acercamiento de Washington a estos dos últimos. Rusia es desde entonces el principal suministrador de armamento indio y, ahora, además, de petróleo.Este beneficio económico inmediato, sin embargo, ha generado una factura geopolítica. El "doble juego" terminó por exasperar a la Casablanca, más aún cuando Nueva Delhi se permitía minimizar el papel mediador de Trump en el acuerdo de paz entre Pakistán y la India, firmado el pasado mayo. En contraste, el primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, propuso astutamente a Trump para el premio Nobel de la paz. Así, no sorprenden tanto los aranceles recíprocos del 50% impuestos por Washignton, la tarifa más elevada aplicada a cualquier país en la región. Esto, junto con la extendida percepción en Nueva Delhi de que la 2ª Administración Trump no es un socio estratégico fiable, ha impulsado un sorprendente y rápido deshielo de las relaciones con uno de sus grandes rivales, como es China.
China: ¿De rivales a socios?
La rivalidad con China es el eje central de la estrategia india en Asia, lo cual no está tampoco exento de contradicciones, ya que el gigante asiático es uno de sus principales socios comerciales e inversores. Históricamente, las tensiones por disputas fronterizas, especialmente en Aksai Chin y Arunachal Pradesh (motivo de la guerra de 1962), han sido uno de los puntos más graves de fricción, que precisamente se vieron exacerbados hace no tanto, precisamente cuando Modi estrechaba lazos con la primera Administración Trump.
Efectivamente las relaciones con China alcanzaron su punto más bajo en el verano de 2020, con enfrentamientos cuerpo a cuerpo en la frontera causaron decenas de bajas de soldados en ambos lados y una espiral de medidas económicas. No obstante, el panorama geopolítico cambió drásticamente a partir de 2024. En octubre de 2024, se acordó una retirada parcial de tropas y, en 2025, se reabrieron puestos fronterizos, se desbloqueó la emisión de visados y se reanudó el comercio en bienes indispensables para la India como fertilizantes, tierras raras y maquinaria. Este proceso culminó en la cumbre de la OCS en Tianjin en agosto de 2025, donde China y la India anunciaron oficialmente la redefinición de sus relaciones, pasando de ser rivales, a ser socios.
No obstante, es vital entender que este no es un realineamiento geoestratégico, sino una maniobra táctica de autonomía estratégica. Ambos países siguen viéndose en realidad como rivales, y, de hecho, buena parte de las restricciones impuestas tras 2020 siguen en vigor. El acuerdo refleja la política india de "cordialidad y contención pragmática" como la mejor estrategia frente a un vecino económica y militarmente mucho más poderoso a día de hoy, como es China. Especialmente cuando el apoyo de Washington ofrece ahora algunas dudas.
China, por su parte, busca con esto alejar de EE.UU. de un socio clave en la región que, no siendo hoy una amenaza directa para Pekín, sí puede ser clave en el futuro. Sin embargo, es difícil pensar que vayan a resolverse las disputas territoriales de forma definitiva y China seguirá recelando del ascenso indio, que en un futuro podría menoscabar su claro liderazgo en Asia.
Pakistán: la eterna espina clavada
En todo este juego de alianzas cambiantes y contra pesos, Pakistán ocupa un lugar crítico. Desde la partición acaecida en 1947, ambos países se han enfrentado en cuatro guerras y vienen manteniendo un conflicto constante por la soberanía de la región de Cachemira. Tras el atentado terrorista el 22 de abril en Cachemira, que Nueva Delhi atribuyó a grupos vinculados a Pakistán, el gobierno indio anunció una serie de represalias drásticas. Finalmente, en mayo de 2025 la India puso en marcha la Operación Sindoor, con el objetivo de atacar bastiones terroristas en Pakistán, lo que degeneró en una de las mayores batallas aéreas de los últimos 50 años, causando la muerte de unos 30 civiles pakistaníes y casi 30 bajas militares en ambos bandos. A pesar de la virulencia del enfrentamiento, ambas partes anunciaron un alto el fuego el 10 de mayo, que ha derivado en un proceso de negociación más amplio sobre el terrorismo transfronterizo, la situación de Cachemira y la reanudación del Tratado del Indo. Ahora bien, no nos engañemos, la situación de alto riesgo prevalece.
En este contexto, cabe preguntarse ¿por qué, EE.UU. mantiene estrechos lazos con Pakistán, si ello hace peligrar las relaciones con uno de sus potenciales grandes aliados en la estrategia de contención de China?
Pakistán es para EEUU históricamente vital en su estrategia anti terrorista en Afganistán y Oriente Medio, pero, más crucial aun, es que se ha convertido en pieza clave para China, como herramienta poder sortear un potencial bloqueo naval estadunidense del estrecho de Malaca y garantizar su acceso al Índico. No olvidemos que por ese estrecho discurre una gran parte de las exportaciones chinas y más de 10 mill de barriles/día importados por China. Punto neurálgico para China, por tanto, si quiere sostener su aparato industrial y militar.
Esta estrategia se materializa a través del denominado “Corredor Económico China-Pakistán” (CPEC). Este incluye el puerto pakistaní de Gwadar, de importancia capital. Está gestionado por empresas chinas bajo un contrato de arrendamiento a largo plazo y proporciona a Pekín una conexión directa y más corta con el Mar Arábigo. Este acceso estratégico ha intensificado la preocupación de India y de Estados Unidos, que interpretan la creciente presencia naval china en la zona como una amenaza para la seguridad regional. Rapidamente, en un intento por equilibrar las presiones geopolíticas, Pakistán habría ofrecido a Estados Unidos el acceso a un puerto alternativo, el de Qasim, buscando así, mitigar la percepción de que existe una dependencia total de Pekín. Parece pues, que Islamabad está jugando al mismo juego que Nueva Delhi y, quizás de forma más astuta. Posiblemente es porque Pakistán no juega a gran potencia emergente y se desenvuelve mejor como actor secundario.
Conclusión: Autonomía de alto riesgo
En esencia, la autonomía estratégica india es una apuesta de alto riesgo en un entorno de superpotencias cada vez más enfrentadas, que en el caso de la India se complica aún más con el protagonismo de Rusia y Pakistán. La capacidad de Modi para mantener este complejo equilibrio, cosechando beneficios de todas las partes, sin alinearse por completo con ninguna, determinará si la India consolida su ascenso como potencia independiente o si, por el contrario, termina cayendo de la cuerda floja, sucumbiendo al peso de sus múltiples y profundas contradicciones.
A largo plazo, juega a su favor su favorable dinámica de crecimiento. En este sentido Nueva Delhi podría tomar nota de la tradicional diplomacia china, que responde al célebre lema de Deng Xiaoping “esconder nuestras capacidades y esperar”. Aunque, ya está en desuso en una China que ha emergido por completo, le valió durante mucho tiempo no generar recelo en el resto de países. Sin embargo, no parece de momento el “Camino de la India” que, en palabras de S. Jaishankar pasa por ser “un decisor, más que un mero abstencionista”.
Rafael Loring
Analista Senior de Riesgo País para Asia-Pacífico
Artículo publicado en "Moneda Única