02 nov 2021

El encarecimiento de la energía, la batalla entre la vieja y la nueva economía

La batalla entre la vieja economía y su sistema de combustión fósil y la travesía energética hacia las emisiones netas cero explican el riesgo de ‘energy crunch’.

“La reciente combinación de varios factores explica la drástica subida de la factura eléctrica en Europa y otras regiones”, explica un reciente comunicado oficial de la Agencia Internacional de la Energía (IEA, según sus siglas en inglés). Detrás de la cual está el “fuerte incremento del gas natural”. Entre otros, el “mayor repunte de lo esperado de la demanda energética global, muy en especial, del gas”, para satisfacer el dinamismo del ciclo de negocios post-Covid, “después de un largo y frío invierno” -el pasado- que “drenó los inventarios”, así como a las distorsiones del clima, que “han disminuido la generación de fuentes renovables, como la eólica, en las últimas semanas”, agravaron las necesidades energéticas en Asia Oriental y América del Norte con las oleadas de frío del primer trimestre del año, a las que han seguido episodios de calor extremo en Asia y de sequía en otras latitudes del planeta, como Brasil. A lo que hay que unir un déficit de planificación y retrasos en la reanudación de cadenas de valor tras la epidemia, que han creado rebajas productivas del gas natural licuado (LNG). Pero “sería un enorme error”, basado en “una inexactitud”, culpar de esta prueba de alta tensión en los mercados energéticos “a los procesos de transición a la energía limpia”, explicaba Faith Birol, el director ejecutivo de la IEA hace unas fechas. En alusión al descontado mantenimiento de unos precios desorbitados del gas hasta la próxima primavera, en previsión de que el próximo invierno sea especialmente gélido.  

En Asia, la demanda de gas ha evolucionado en cotas muy elevadas durante todo el año; “muy en especial, en China y Corea del Sur, aunque también en Japón”, afirma un dictamen anticipado de situación de la IEA. Mientras en Europa, que ha seguido una senda de vigor económico desde la primavera, “ha tenido que lidiar con unos stocks muy por debajo del promedio de los últimos cinco años e inferiores a los mínimos registrados en 2017”. Por si fuera poco, Rusia, que ya tiene cerrados contratos a largo plazo con sus clientes europeos, “mantiene unas exportaciones de gas con ellos en retroceso desde 2019”. La IEA -admite- considera que “Rusia podría hacer más para incrementar el suministro de gas a Europa y contribuir con ello a que los socios de la UE consigan restablecer los niveles de almacenaje adecuados para afrontar la demanda de calefacción de los meses invernales”. Es una oportunidad de oro para que Rusia “presente sus credenciales como un suministrador energético de garantía a los mercados europeos”.  

Porque la electricidad en el espacio interior comunitario ha saltado a límites desconocidos en el último decenio a lo largo del pasado mes de septiembre. En Alemania y España, por ejemplo, los precios del recibo de la luz “se han triplicado y multiplicado por cuatro respecto a 2019 y 2020”, respectivamente. Y ha alimentado el encarecimiento del carbón y del resto de combustibles de origen fósil, impulsando el cambio de fuentes en la generación eléctrica y permitiendo una mayor permisividad en los límites de emisiones de carbono que exige el mercado interior europeo.

En paralelo, el petróleo se ha sumado a la fiesta alcista. El barril de Brent, referencia en Europa, ha rebasado los 80 dólares. Un 55% más que al inicio del actual ejercicio. Pese a la decisión de la OPEP + de elevar en 400.000 barriles diarios la oferta de crudo. Medida bienvenida para tratar de poner paños calientes sobre unas presiones inflacionistas cada vez más insistentes y con riesgo de aminorar el dinamismo de la economía global. Porque el crudo contribuye a configurar el mix eléctrico de los países. Igual que el mensaje de Vladimir Putin de “ser fiable” al garantizar el suministro del gas a Europa, que hizo subir su valor en un 40% es una señal de relativa calma a medio plazo. Pero no un tranquilizante inmediato. Porque el precio del gas, en plena histeria colectiva, marcó un nuevo récord en España el jueves 7 de octubre; apenas 48 horas más tarde del compromiso del Kremlin. Y pasó a costar de promedio 288 euros por megavatio hora, pese a que, en horario nocturno, esa jornada superó los 300 euros.

Batalla entre la vieja y la nueva economía

La literatura económica y política empieza a convenir que la crisis de la energía -que ha emitido señales desde el inicio del año -pero que se ha intensificado durante y después del verano- es el escenario de la revancha entre la Vieja Economía, como explicaba de forma elocuente hace unas fechas a Bloomberg Jeff Currie, de Goldman Sachs, para quien las tensiones energéticas “no son únicas de Europa, ni sólo de energía, sino que surgen de las clásicas presiones del sistema de producción fósil”, y la Nueva Economía. Entendida desde el principio del siglo como el modelo del boom tecnológico y que en el último decenio ha dirigido las inversiones en digitalización a la conquista de un patrón de crecimiento de emisiones netas cero de CO2. Reto para el que Europa se ha autoimpuesto las mayores metas, tanto intermedias, en 2030, como finales, en el ecuador del siglo.

Esta dicotomía entre acelerar la taxonomía del Green Deal europeo o caer en la tentación de conceder otra tregua al carbón -como ha hecho ya China al activar su extracción en sus regiones del norte- sucede, además, coincidiendo con unos signos de alarma que apuntan a un episodio de estanflación -crecimiento residual con elevados precios- que se ha instalado en los mercados. Aunque ni las instituciones multilaterales, ni las autoridades gubernamentales, o las monetarias han dado pábulo a interpretaciones que no sean pasajeras. Hecho relevante. Esencialmente, para mantener los tipos de interés próximos a cero y los programas de compra de activos y deuda soberana y corporativa.    

Los analistas parecen coincidir en que el cuello de botella que ha generado la crisis energética se localiza en un déficit de oferta en los mercados; insuficiente para atender la alta demanda que registra la incipiente recuperación. Sin movimientos especulativos inversores significativos. Y que los recortes de impuestos deberían atemperar el recibo, pero sin el poder suficiente para sellar la pax energética. Así lo creen Simone Tagliapietra y Georg Zachmann, analistas en el Instituto Bruegel -de marcado cariz paneuropeo-, para quienes “la espiral de precios” reclama “rebajas fiscales” que sufraguen la vulnerabilidad eléctrica de hogares y empresas, de “forma temporal”. Pero por “el tiempo que sea necesario”. Porque el detonante de la crisis surge de un “inadecuado modelo de suministro, con una desequilibrada oferta, que impulsa con rapidez los precios al por mayor, pese a los amplios subsidios a la energía de ciertos países hasta hacer insostenibles sus finanzas”.

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