18 abr 2024

China impulsa nuevas fuerzas productivas con las que espolear su economía

La estrategia de Jinping remodela el patrón de crecimiento basado en la demanda interna con riesgos de generar malestar social y de provocación en el exterior.

Diego Herranz - Colaborador de Asesores de Pymes externo a Cesce

 

Xi Jinping ha modificado su hoja de ruta; la estrategia con la que iba a lograr que China se hiciese con el cetro hegemónico de EEUU en el orden económico, monetario, tecnológico y geopolítico mundial. El presidente con mayor poder institucional, militar y sobre el Partico Comunista Chino (PCCh) desde la época de su fundador, Mao Zedong, ha decidido trastocar sus planes originales, aquellos con los que, hace ahora algo más de un decenio, a raíz del credit crunch de 2008, iban destinados a modernizar el patrón de crecimiento del gigante asiático hasta transformarlo en una sistema basado en el dinamismo de la demanda interna -consumo de hogares e inversión de empresas-, en línea con los parámetros de las potencias industrializadas y que acabase con su imagen de Gran Fábrica Mundial y de mercado emergente.

Sin embargo, esta reconversión estructural, que por momentos ha alcanzado una velocidad de crucero de dobles dígitos, ha creado una notable clase media y ha intensificado el censo de ricos milmillonarios, que le ha reportado ciertos avales para alcanzar el estatus de libre mercado por parte de las naciones de rentas altas -la OCDE es el club que concede tal galardón- no será fácil. Porque corre el riesgo de decepcionar a su sociedad civil y de enfadar a la comunidad occidental.

Jinping se juega mucho de su prestigio como estadista porque China atraviesa su crisis más grave desde que Deng Xiaoping iniciara las reformas de mercado a comienzos de los noventa. En 2023, el PIB registró, a duras penas, un crecimiento del 5%, en línea con lo estipulado, aunque sin sello de oficialidad, en el actual plan quinquenal 2021-25. El último Congreso del PCCh volvió a añadir este objetivo de dinamismo, que se perdió en el trienio post-Covid porque los pilares del milagro chino, que logró repuntes de dobles dígitos durante dos largas decenios, se han tambaleado.

La boyante industria se ha contraído, el efervescente sector inmobiliario se ha apagado, la deuda ha surgido sin remedio, el consumo se ha paralizado, las inversiones empresariales brillan por su ausencia en medio de fugas masivas de capitales foráneos de sus centros bursátiles e, incluso, su poderosa industria exportadora, el salvavidas del último medio siglo, parece frágil ante las constantes embestidas de la globalización, el proteccionismo comercial, los subsidios nacionales a la repatriación de fábricas, las tentaciones arancelarias, los colapsos logísticos y las múltiples reconversiones de las cadenas de valor.

Jinping ha considerado conveniente acabar con la paciencia que inculcó a la economía china tras varios confinamientos sociales e hibernaciones productivas desde la crisis del coronavirus. Y, en respuesta a estos dos últimos años de intervencionismo, ha decidido actuar con los beneficios de las firmas chinas en el exterior para devolver el atractivo a sus mercados bursátiles y utilizar recursos estatales para suturar las vulnerabilidades y dirigir los estímulos hacia nuevas fuerzas productivas. 

Esencialmente, tecnológicas y enfocadas a la industria. Jinping pretende superar el poder global de EEUU creando puestos de trabajo altamente productivos y cualificados y hacer que China sea autosuficiente para asegurarse la victoria en el pulso geoestratégico contra Washington, por lo que los brazos inversores y presupuestarios de Pekín dotarán financiación a sus manufacturas, a sus acereras, a sus coches eléctricos, baterías y, por supuesto, a la Inteligencia Artificial (IA). A través de una palanca monetaria de 1,6 billones de dólares, cifra similar al PIB español, el doble de la cantidad, en términos nominales, que ha destinado al sector privado en el último lustro y el 43% de la capacidad de absorción inversora de las empresas estadounidenses en 2023.

Con una meta nítida: incrementar en un 75% la capacidad industrial del país en 2030. Los flujos de capital extranjeros serán bienvenidos, pero vigilados para no perjudicar la estructura socio-económica del país, alerta Pekín que también admite la intención del jefe del Estado de revertir el equilibrio de poder mundial, escapando de la “dependencia tecnológica occidental y creando controles sobre propiedad industrial en las nuevos avances industriales” que consiga. Las firmas foráneas “podrán venir a China a aprender, no a enseñar”, anticipa el régimen chino.    

Pero la táctica de Jinping ofrece varios puntos débiles. Uno, en el terreno doméstico, donde las ingentes dotaciones de fondos en estos sectores productivos innovadores restarán recursos al mercado inmobiliario que, a su vez, ha devorado la mayor parte de los ahorros y del crédito de los hogares en los últimos años. Restaurar la confianza en la compraventa de viviendas no será un camino de rosas. Ni barata. Para más inri, la desviación de estímulos fiscales también reducirá los gastos sociales en una población que envejece a marchas forzadas, que restará fuerza laboral ya a finales de esta década y que retrasará aún más la emancipación de unos jóvenes sobre los que se han cebado los despidos de trabajo.  

Las nuevas fuerzas productivas suponen el 37% del PIB actual. Pero algunas de ellas, como las manufacturas chinas representan el 31% de las ventas internacionales. EEUU seguirá levantando barreras importadoras del gigante asiático -de manera más exacerbada en caso de victoria de Donald Trump en noviembre- mientras Europa ha entrado en pánico por la adquisición masiva de vehículos eléctricos made in China y ha declarado la guerra geoestratégica a Pekín que, con su viraje económico, espoleará aún más sus cadenas de valor, para irritación de todo Occidente.

Jinping no tiene una varita mágica. Puede errar en su intento. De hecho, resulta impredecible el comportamiento de sus bolsas después de que su capitalización haya caído a cotas desconocidas en 25 años, con una deflación que empieza a coger un tono preocupante y que empezaba ya a parecerse al enfermo económico mundial por sus similitudes con la historia reciente de Japón de haber seguido con la gestión basada casi en exclusiva en el consumo y la inversión con sus viejos motores productivos. O el despegue sin turbulencias de su mercado inmobiliario. Pero su apuesta por el centralismo, en aras de la seguridad nacional y la prosperidad doméstica, augura profundos movimientos telúricos en el mundo y en China.  

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