30 dic 2020

Innovación, innovación e innovación, las “tres” obligaciones para 2021

Uno de los peores años de la historia reciente de España y del mundo termina. Aunque aún quedan infinidad de incertidumbres por resolver respecto a la pandemia del coronavirus, la realidad es que 2021 lo tiene bastante fácil para mejorar lo vivido en estos últimos 365 días. Es cierto que la campaña de vacunación ya ha empezado, pero este virus ha demostrado que la única certeza que existe es que aún desconocemos demasiado sobre él. Por si fuera poco, y aunque a lo largo de este año se llegue a controlar la crisis sanitaria, al alcanzar el país la anhelada inmunidad de rebaño aún habrá otras crisis a las que hacer frente.

Sin duda, la crisis económica es uno de esos regalos envenenados que el Covid nos dejará aún cuando pase y que habrá que resolver a lo largo del año. Con esa idea, existen una serie de realidades que se deben tener en cuenta. La primera y más importante es que España ha sufrido la recesión con más virulencia por el alto peso que los servicios tienen en el PIB. Esto no es ni bueno ni malo, pero es una realidad que los países más industriales y más innovadores son capaces de sortear mejor el impacto que las medidas de restricción a la movilidad generan.

Por ello, esta crisis ha de servir para situar definitivamente a la investigación y la innovación en el eje de la estrategia económica y empresarial. No solo por lo que puede aportar a la anhelada recuperación económica, sino por su demostrada capacidad para preservar el tejido productivo en caso de futuras recesiones por motivos similares. El mejor ejemplo de la importancia que la investigación ya tiene en nuestras vidas está en la vacuna antiCovid, creada en tiempo récord (menos de un año).

Por si fuera poco, la pandemia también ha evidenciado que la tecnología es el mejor aliado con el que han contado las empresas para proseguir con su actividad a pesar del confinamiento decretado en marzo. A nadie se le escapa, por tanto, que la innovación es una de las mejores herramientas (si no la mejor) con la que cuentan las pymes y los nuevos negocios para hacer frente al reto que supone levantarse tras una hecatombe como ha sido el paso de 2020 por nuestras vidas. Y también se evidencia que sería un grave error repetir lo que se hizo en la anterior crisis, la de 2008.

Entonces, se descuidó el valor de la I+D+i. Tanto es así que España no ha recuperado hasta hace dos años los niveles de inversión que mostraba en 2009. Así lo indica el Instituto Nacional de Estadística, que por fin situó el gasto en innovación de 2018 en 14.946 millones al mismo nivel que en 2009. Además, la cantidad se incrementó hasta 15.572 millones el pasado año, demostrando que tras muchos años de caídas se había iniciado la senda de la recuperación en este apartado. No obstante, y a pesar de la mejora, España aún gasta en I+D solo el 1,25% del PIB, una cifra que está a años luz del objetivo de la Comisión Europea (3%) y de la media que alcanzan los Estados miembro de la UE, el 2,1%. Además, tampoco debe olvidarse que existe una importante brecha entre las diferentes comunidades autónomas a este respecto que conviene revertir para que todas las empresas tengan las mismas oportunidades de crecimiento independientemente de donde esté ubicado el negocio. 

El interés de la UE en dar un golpe de timón a la economía del Viejo Continente impulsando la economía sostenible y la digitalización, lo que se demuestra en la letra pequeña del fondo de recuperación antiCovid, es una oportunidad que debe aprovecharse para blindar a nuestro tejido productivo ante futuras recesiones.

Dicho blindaje adquiere si cabe aún más relevancia en un momento como el actual en el que la digitalización es básica. Y no solo porque la sociedad así lo demanda, sino porque es la clave de la competitividad misma de las empresas.

Resulta evidente que en un momento en el que todo se mueve al son que marca la economía digital menospreciar la innovación es un lujo que nadie puede permitirse. Máxime los emprendedores. Primero porque las pequeñas y medianas empresas lo tienen más complicado para acceder al comentado fondo de recuperación europeo que, por su composición e idiosincrasia, está más enfocado a grandes proyectos. Y segundo porque la necesidad de ganar competitividad para hacer frente al entorno actual obliga a impulsar la transformación digital.

Sin duda, el papel de la administración a la hora de sumar a las pymes a la corriente innovadora es fundamental. Pero también será necesario que las propias empresas interioricen la obligación que tienen de innovar. Si la virtualización, la ciberseguridad o el cloud computing han permitido que muchos negocios operaran durante lo más duro de la pandemia, ¿por qué van a dejar de ser necesarios en el futuro?

En definitiva, todo indica que en el futuro habrá modas que, como siempre, vendrán y se irán a la misma velocidad con la que llegaron. Pero, desde luego, la innovación no es ni será una de ellas. De ahí las tres obligaciones que las pymes tienen de colocar la innovación en el centro del plan de negocio, en el centro de la cultura empresarial y en el centro de la toma de decisiones.

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